Al igual que con la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, la informática o Internet, la inteligencia artificial (IA) está transformando la forma en que trabajamos, aprendemos y nos comunicamos. También ocupa hoy el centro de uno de los debates más intensos del mundo artístico.
Mientras algunos la consideran una amenaza para la creatividad, otros la ven como una herramienta capaz de ampliar las posibilidades de expresión.
Temores y cuestionamientos
Si recorremos la historia del arte y de la tecnología, descubrimos que prácticamente cada gran innovación fue recibida con desconfianza.
En el siglo XIX, la aparición de la fotografía provocó un fuerte impacto entre muchos pintores. Si una cámara podía reproducir la realidad con una precisión nunca antes vista, ¿qué sentido tenía seguir pintando retratos? Sin embargo, ocurrió algo diferente.
La pintura comenzó progresivamente a explorar nuevos caminos y a cuestionar la necesidad de reproducir fielmente la realidad. La fotografía fue uno de los factores que contribuyeron a esa transformación, junto con muchos otros cambios culturales y artísticos.
La fotografía no hizo desaparecer la pintura. La liberó de la obligación de copiar la realidad.
Décadas más tarde, el nacimiento del cine también despertó temores sobre el futuro del teatro. Algunos llegaron a imaginar que la nueva tecnología terminaría desplazándolo. No ocurrió. Ambas disciplinas encontraron lenguajes propios y hoy conviven como formas de expresión diferentes, cada una con recursos que la hacen única.
La historia de la música también ofrece innumerables ejemplos. La guitarra eléctrica generó resistencias en determinados sectores, mientras que los sintetizadores fueron cuestionados por quienes temían que las máquinas terminaran desplazando a los músicos. Algo parecido sucedió con la grabación digital frente al sonido analógico.
Cada una de esas innovaciones generó resistencias, pronósticos apocalípticos y discusiones sobre la autenticidad de la creación artística. Sin embargo, ninguna de ellas eliminó a los creadores. En conjunto, simplemente ampliaron el conjunto de herramientas disponibles.
La inteligencia artificial: un nuevo capítulo de una vieja historia
Hoy la IA ocupa el lugar que antes tuvieron tantas otras tecnologías.
Su capacidad para generar imágenes, textos, música o videos en pocos segundos despierta admiración en algunos y preocupación en otros. Es comprensible.
La velocidad con la que evolucionan estos sistemas plantea preguntas inéditas sobre el futuro del trabajo creativo y sobre el concepto mismo de autoría. Pero tal vez exista un error de enfoque.
Quizás la discusión no deba centrarse únicamente en lo que una herramienta es capaz de generar, sino en quién toma las decisiones que convierten ese material en una obra.
El verdadero acto creativo
Toda obra artística es el resultado de una larga cadena de decisiones.
Crear no consiste solamente en producir. Consiste, sobre todo, en decidir.
El escritor elige cada palabra. Piensa y escribe muchas. Luego selecciona, descarta, organiza, hasta encontrar la narrativa que representa su emoción.
El fotógrafo decide el encuadre, la luz y el instante del disparo. Puede realizar decenas de tomas, pero solo una será la elegida para representar aquello que quiso expresar.
El director de cine también decide cada plano, cada movimiento de cámara y cada corte de edición.
En la música, el compositor define una melodía, descarta otra, modifica una armonía y decide cuándo una canción está terminada.
Las decisiones no son un detalle técnico. Son la esencia del acto creativo.
Las herramientas pueden facilitar procesos, ampliar recursos o acelerar tareas. Las herramientas de IA actuales no poseen experiencias de vida ni una intención artística propia comparable a la de un ser humano.
Una herramienta puede generar miles de imágenes, melodías o textos. Pero una obra nace cuando alguien decide cuál de esas posibilidades tiene sentido, cuál merece ser desarrollada y cuál expresa aquello que desea comunicar.
En otras palabras, la creatividad no reside únicamente en producir algo nuevo, sino en otorgarle sentido.
La creatividad y la inteligencia artificial
Cuando hablamos de creatividad, podemos distinguir entre generar posibilidades y desarrollar un proceso creativo completo. Este último no consiste únicamente en producir algo nuevo, sino también en definir una intención, establecer objetivos, tomar decisiones, evaluar alternativas, descartar opciones y otorgar significado al resultado final. Dicho de otro modo, la creatividad es un proceso de construcción.
Quizá la historia demuestre que las herramientas seguirán cambiando una y otra vez. Lo que difícilmente cambie es aquello que convierte una sucesión de palabras, imágenes o sonidos en una obra: la intención, la sensibilidad y las decisiones de quien la crea.
Entonces...
¿Quién define la idea inicial?
¿Quién establece la intención de la obra?
¿Quién decide qué versión conservar y cuál descartar?
¿Quién determina cuándo una obra está terminada?
La creatividad no está en las herramientas. Está en las decisiones.
El uso de una herramienta —o su no uso— no permite determinar, por sí solo, cuánto hay de creatividad, intención o autoría en una obra.
Un director de cine no necesita manejar personalmente la cámara.
Un director de orquesta no toca todos los instrumentos.
Un arquitecto no coloca cada ladrillo.
Sin embargo, nadie suele cuestionar que existe una autoría creativa detrás de esas obras. No porque quienes las dirigen ejecuten personalmente cada tarea, sino porque toman las decisiones que les dan identidad.
Quizás la creatividad siempre haya consistido en eso: en imaginar una posibilidad, elegir un camino y tomar las decisiones necesarias para convertir una idea en una obra.
Las herramientas cambian.
Las tecnologías cambian.
Las formas de crear cambian.
Pero mientras exista alguien que tenga algo que decir, que decida qué quiere expresar y que asuma las decisiones que construyen una obra, seguirá existiendo un acto creativo.
El tiempo dirá cómo evolucionaremos los seres humanos y hacia dónde nos llevará la tecnología. Pero hay algo que ya sabemos: incluso esa evolución es consecuencia de nuestras propias decisiones. Y mientras sigamos tomando decisiones, imaginando posibilidades y creando nuevas herramientas, la creatividad seguirá siendo profundamente humana.
La creatividad no está en las herramientas. Está en las decisiones.
Gustavo Lucio Iglesias
Periodista · Autor y director de Pensando Rock